Mi Primer Amor

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Todos tuvimos un primer amor.  Sería difícil aceptar que alguien no haya sentido esa primera emoción; ese primer impulso hacia otra persona.

Para muchos ese primer amor es inolvidable. No tanto por la importancia sentimental o la determinada persona hacia quien sentimos esos primeros impulsos románticos, sino por el hecho de que lo sentimos.

Esos primeros sentimientos hacia otra persona marcan el comienzo de una etapa muy especial en la vida de cada uno de nosotros. Hasta ese momento nuestro cariño se limitaba a nuestros padres y otros familiares.  Además, todos tenemos un amigo especial hacia quien sentimos una emoción única. Pero cuando enfocamos nuestra atención sentimental hacia esa persona especial y nos damos cuenta que ese sentimiento es muy distinto al cariño que sentimos hacia nuestro mejor amigo o amiga o el amor que sentimos por nuestros padres, ya eso es otra cosa.

Con mucha frecuencia se escucha decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. En gran parte el recuerdo de aquel primer amor es responsable de esa afirmación.

Para muchos el presente es mejor y el futuro ofrece aún más. Sin embargo, el pasado guarda esos valores sentimentales que nos hacen caer víctimas de la nostalgia y la añoranza y hasta nos convencemos que todo era mejor cuando éramos niños.

El primer amor tiene la magna importancia de ser un capitulo inocente en nuestras vidas. Crecemos y con ello vienen las responsabilidades y se multiplican los factores de nuestra presionada existencia. Con frecuencia nuestro único escape es la nostalgia de aquellos días sencillos con aquellas simples metas de nuestra niñez y juventud.

El primer amor es una de esas metas. La vida nos mueve en ciclos; nacemos y somos objeto de caricias maternales que se convierten en un termómetro por el cual habremos de medir todas las expresiones de cariño que se nos envíen durante el resto de nuestras vidas.

Al alcanzar cierta edad nos motivan solo los deportes y las travesuras; una perenne persecución de satisfacción rápida y que se nos deje en paz para poder hacerlo. Durante esta etapa las niñas son cosas innecesarias que alguien inventó para molestarnos. Vale la pena destacar que afortunadamente esta característica desaparece con el tiempo, aunque algunos la conservan por siempre.

Después cuando llegamos a la conclusión que las niñas tienen su función y su lugar en nuestras vidas es que comienza la etapa de la timidez. Esta etapa es seguida casi inmediatamente por una feroz y constante persecución de niñas para compartir esas funciones. Es durante esta etapa de actividades cuando encontramos ese primer amor.

Pero al principio tienen que venir los ensayos; las falsas alarmas. Una maestra joven, bonita y simpática que de una forma u otra nosotros llegamos a convencernos que nos está sonriendo de una manera muy especial. Y, por supuesto, esa sonrisa nos hace creer que nos presta más atención que a los demás niños.

También nos podemos convencer que la hermana mayor de algún amigo está interesada porque tuvo palabras agradables y una sonrisa hacia nosotros. No nos damos cuenta que esa hermana mayor ve en nosotros lo que nosotros veíamos en las niñas un tiempo atrás; un invento innecesario que nos mortifica y molesta.

De repente comenzamos a pasar más y más tiempo en casa de ese amigo; hasta cuando él no está. Y, amigo fiel que es, nos enseña todos los trucos para robarnos una miradita indiscreta al baño o por algún hueco en la pared.

Seguimos y cuando la maestra ya no nos sonríe como antes y cuando la hermana del amigo le presta más atención a nuestro hermano mayor, la necesidad de continuar la búsqueda nos conduce a aquellas innecesarias niñas cuyas existencias nos molestaban antes.

Y nos damos cuenta que somos algo selectivos. Le prestamos atención a ciertas características únicas de cada una de ellas. Y así llega el momento. Y cuando llega, llega. Se queda. Nos controla y nos dejamos controlar.

Los amigos pasan a ser ciudadanos de segunda clase; los saludamos pero ya no requieren todo nuestro tiempo y atención. El baseball deja de ser la pasión de ayer para convertirse en escenario para impresionar. De repente es necesario incrementar nuestra capacidad intelectual para utilizarse como tarjeta de presentación y conversación. Hasta la ropa es motivo para llamar la atención. Nuestra apariencia, que nunca antes fue motivo de preocupación, se convierte ahora en requisito máximo. Todo por ella. Para que nos vea como nosotros la vemos a ella.

Y cuando ya hemos decidido; cuando el proceso de selección ha concluido y hemos eliminado a las demás, toda nuestra existencia gira alrededor de un solo propósito: la conquista.

No sabemos cómo hacerlo; cómo actuar o proceder. No tenemos la menor idea como enfocar nuestra atención hacia el logro de nuestra meta. Lo único que sabemos es que nos invaden estos sentimientos extraños que nos impulsan hacia ella. La miramos; la soñamos. Por mucho esfuerzo que hacemos en concentrarnos en otras actividades, es inútil. Solo ella tiene importancia.

Y así comienza el proceso de acercarnos a ella. Coincidimos en fiestas. La vemos en los pasillos de la escuela y en las clases. En los eventos deportivos. La miramos y cuando ella nos devuelve la mirada, nosotros la retiramos. No sabemos ni como darnos importancia y hasta reconocemos que estamos haciendo el ridículo.

Y casi sin saber cómo fue, estamos sentados junto a ella en la oscura intimidad de un cine y creemos estar sintiendo lo que debe ser el mismísimo ataque al corazón que mató a un tío que casi ni conocíamos. Y estamos atentos al sudor que nos empapa el cuerpo por dentro y por fuera y respiramos profundo pero en silencio para tratar de evitarlo. Y cuando la película se está terminando sacamos fuerzas de los más remotos y profundos rincones de nuestras almas y así, muy despacito nuestra mano va moviéndose rumbo a la de ella y después de varias falsas alarmas al fin nuestros dedos hacen contacto; un roce de piel, un leve toque de dedos más que otra cosa, pero un atormentado toque de locura para nosotros.

Y el corazón no ha vuelto a latir; está esperando su reacción. Y vemos toda nuestra vida, pasado, presente y futuro, pasar por delante de nuestros ojos abiertos pero sin poder ver. Y los segundos eternos van pasando y nosotros ahí, congelados esperando que nos acabe de matar el ataque al corazón o nos ahogue el sudor.

Ella no ha movido sus dedos. Como que de reojo intentamos mirarla en la oscuridad buscando alguna reacción que nos permita decidir el próximo paso, ¡como si tuviéramos el coraje y la valentía de tomarlo! ¿Y ella? Ahí, tranquila y tan natural. Hasta pareciera que está concentrada en la película.

Nuestra condición de esquizofrenia total no nos permite ver las señales que ella nos envía; es más, no nos damos cuenta que cuando aceptó ir al cine fue la primera señal.

¿Y esta era una de aquellas niñas innecesarias que tanto nos molestaban?

¿Qué pensaba ella en ese momento? Yo, por supuesto, no quería saber pero mataba por saberlo. ¡Pero lo sabía! ¡Valiente comemierda este! Eso era lo que ella estaba pensando. Supongo que si yo le interesaba me daría otra oportunidad.

La película terminó. Las luces del cine se encendieron y las otras parejas se estaban arreglando las camisas y las blusas y alguna que otra se arreglaban otras cosas más. Algunas estaban despeinadas; notaba muchas sonrisas y expresiones de satisfacción.

¿Yo? Pues empapado en sudor y vivo. No había sufrido el ataque al corazón; pero mi pelo no estaba despeinado, mi camisa no estaba estrujada y solo la mitad de un dedo de mi mano derecha había sentido algo.

¿Y ella? Pues, mujer al fin, aunque aún adolescente, llevaba en su rostro la clara expresión de triunfo. La conquista había sido de ella. Desde niñas lo saben. Ella en aquel momento sabía que me tenía bajo su hechizo y absoluto control; me tenía dominado antes de comenzar una relación que no duraría ningún tiempo de consideración o importancia. ¡Como saben las mujeres! Desde que nacen. Nos dejan creer que son innecesarias para después controlar toda nuestra existencia.

Nos despedimos en la puerta del cine. Las nenas con las nenas y los nenes con los nenes. Camino a casa surgieron las exageraciones y los alardes. Algunos habrían dicho la verdad, pero nadie se lo creería. ¿Yo? Pues como buen diplomático dije que “no puedo comentar.” Por supuesto que de inmediato me lanzaron las burlas, las acusaciones y los insultos. “No te dio ‘na,” dijo uno. ¿”Que, te dio pena?” exclamó otro.

Y así caminamos hacia nuestras casas; cada uno haciendo alarde de sus hazañas románticas y sus conquistas. Yo iba pensando en ella. Por supuesto ya estaba locamente enamorado de ella. Ya me veía casado, con hijos.

La llamaría cuando llegara a casa y le diría cosas románticas por teléfono y hablaríamos de nuestros planes futuros. ¡Mentira! Cuando llegué a casa agarré el teléfono y comencé a marcar su número pero nunca la llamé.

Hablaré mañana en la escuela con ella, me dije. Iremos a algún sitio apartado, solitario después de las clases. ¡Mentira! Por la mañana cuando me crucé con ella en los pasillos no hice intento alguno por dirigirle la palabra; le sonreí y ella me devolvió la sonrisa; eso fue todo.

Ella hubiera querido algo más que aquella sonrisa pero yo le temía mucho a los extraños latidos de mi corazón y todavía me acordaba de aquel tío que apenas conocía.

Pasarían varios días. Nos encontramos en distintos lugares y actividades y conversamos y pasamos momentos juntos, pero siempre en grupos. Y al fin llegó aquel sábado y aquel baile escolar en el gimnasio.

La saqué a bailar un twist; aun no tenía el coraje para una pieza lenta. No hablamos mucho, Chubby Checker no lo permitió. Tampoco el ruido de decenas de nenes y nenas haciendo lo mismo que nosotros.

Después de Chubby y el Twist vino algo de los Beach Boys y al fin llego Sleepwalk, la pieza lenta. Como estábamos parados frente a frente y habíamos bailado un par de piezas rápidas, automáticamente nos unimos entre brazos y comenzamos a movernos lentamente al ritmo de la pieza instrumental que se compuso para la gente como yo.

Santo y Johnny, ¡gracias! Sin ese “Sleepwalk” jamás habría yo alcanzado el éxtasis de aquel momento. No hablamos; pero con cada nota de la guitarra nos apretábamos más y nuestras caras ya estaban en contacto antes de llegar a la mitad de la canción y yo estaba rogando por que la próxima pieza fuera de Johnny Mathis o Los Platters.

Cuando terminaron Santo y Johnny su “Sleepwalk” ya era mía. Al menos eso pensaba yo. No habíamos pronunciado una palabra y yo creo que si la chaperona nos hubiera visto nos hubiera sacado del baile halándonos las orejas si es que lograba separar los cuerpos.

Al ritmo de Only You de los Platters me atreví a colocar mis labios en su oreja; no se me ocurrió otra cosa en aquel momento. ¿Qué querían? ¿Que se esperaba de mí? Yo tenía trece años. No me dijo nada, no me rechazó. Mi corazón parecía estar bajo control y no me acordaba ya del tío.

Terminaron Los Platters y no me pregunten que vino después porque no me acuerdo. Solo sé que no le solté la mano hasta que la vinieron a buscar horas más tarde. Y esa noche hasta hablamos con más facilidad. Le dije cosas que no había compartido jamás con otra persona. Ella también confió en mí. Teníamos mucho más en común de lo que pensábamos: Elvis Presley, los animales y la geografía. Eso, me convencí, era una garantía para un matrimonio feliz y eterno.

Y la próxima vez que fuimos al cine nos sentamos en un apartado rincón y ninguno de los dos vio la película. Y cuando terminó estábamos los dos despeinados y la ropa estaba estrujada. Y entre beso y beso hablamos de las tonterías que un par de chiquillos enamorados por primera vez podían hablar. No me pregunten de que, tampoco me acuerdo pero creo que hasta consideramos los nombres que les pondríamos a nuestros hijos.

Aquel idilio duró un par de meses. No sé porque terminó; no importa. El valor que tiene el recuerdo supera cualquier fortuna que uno pueda acumular por lo tanto los detalles del rompimiento no tienen importancia o validez.

Por supuesto que no la dejé de ver. Éramos compañeros de escuela y teníamos amigos comunes y hasta conversábamos ocasionalmente. Fuimos compañeros de escuela por varios años y recuerdo haber bailado con ella en alguna fiesta y sé que fuimos en grupo al cine y a la playa. Y cada uno siguió su rumbo y cada uno tuvo algún otro interés romántico.

Y el tiempo pasó y cada cual tomó su vida en serio y al igual que yo, supongo que tuvo contratiempos y alegrías y triunfos y fracasos.

No la volví a ver una vez que nuestras vidas de adolescentes concluyeron su jornada improvisada por esos años de práctica. Ni siquiera he sabido de ella. Solo me quedó su recuerdo y quiero pensar que ella guarda el mío con igual importancia y cariño nostálgico.

Aquel primer amor es y será siempre un evento formidable en la historia de mi vida. Un capitulo que marca el comienzo de la importancia; sin ese capítulo el libro no tendría sentido ni lógica.

Y esa es la fuerza del amor; del amor puro, inocente. Un amor sin interés; amor de estudiante, amor de aprendiz. Sin condiciones y sin responsabilidades.

La mujer, desde esos primeros momentos, tiene siempre esa habilidad única de controlar al hombre y de dictar los pasos. Aun durante esos días de la juventud el hombre se convierte en una persona cuando esta con la noviecita y en otra cuando esta con sus amigos.

Aun en su ausencia, la mujer es la que dirige; es ella la que manda. Es de ella la fuerza influyente que nos impulsa y nos motiva a hacer lo que la real gana a ella le dé. Y nosotros felices porque es nuestra chica, nuestra novia, nuestro primer amor.

Después, cuando hayamos crecido y supuestamente madurado continuáremos pensando en ella. Así de intensa es esta fuerza y así de eterna es la inocente pasión.

Durante toda nuestra vida pensaremos en ella y lo haremos con cariño. Y no compartiremos con nadie ese recuerdo. Es nuestro. Es una de las pocas cosas que serán siempre íntimamente nuestras. No hablaremos de esto con nuestra esposa o con nuestros hijos o con el más íntimo y fiel de nuestros amigos. Somos dueños exclusivos de ese recuerdo y lo protegeremos como un tesoro.

Y la recordaremos con más frecuencia a medida que va pasando el tiempo y se nos hace más difícil el diario vivir porque necesitamos algo que nos permita escaparnos de esa rígida y tediosa existencia. Ella representa algo limpio y puro y bello en nuestra vida.

No le robamos nada a nuestra esposa; no se trata de una infidelidad reprimida o de un resentimiento o arrepentimiento. Ni tampoco es un engaño sublime. Es simplemente un adorable recuerdo que nosotros necesitamos para sentir que nuestro pasado tuvo validez.

Tal vez seamos capaces de atrevernos a ir un poco más lejos con el recuerdo y hasta pintamos un cuadro de lo que pudo haber sido. Pero aun así no hace daño.

Le permitimos a nuestra imaginación apoderarse de la situación y dejamos que nos lleve a una fantasía noble sin malicia y sin maldad.

¿Como esta? ¿Dónde está? ¿Le ha ido bien en su matrimonio? ¿Cuántos hijos tendrá? ¿Qué nombres les puso? ¿Es feliz? ¿Cómo se la presentaríamos a nuestra esposa si nos encontráramos? ¿Cómo nos presentaría ella a su esposo? ¿Podríamos ser todos amigos?

Y así siguen pasando los años y el recuerdo de nuestro primer amor continúa alimentándonos el alma y nos inyecta esa necesaria nostalgia que nos ayuda a enfrentarnos a lo que sea que haya llegado a ser nuestra vida.

Cuando escucho “Sleepwalk” o a “Los Platters” es inevitable la automática sonrisa. Me remonto a las fiestas y a los juegos de baseball y a la escuela y a todas las tonterías y a todas las promesas de amor eterno y a todas las peleas y todas las veces que hicimos las paces y me acuerdo del cine y el pelo despeinado y la ropa estrujada. Y lo disfruto todo.

Y me siento feliz de haber tenido aquel primer amor; aquel inolvidable primer amor que hace nuestras vidas tolerables al tener algo sano y noble que recordar.