¡Adios, Miguel!

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Al contar la historia de mi compadre Miguel Franco es inevitable contar parte de la mía. Nuestra historia juntos fue breve, sin embargo en ese breve momento nos unimos para siempre. No podíamos ser más diferentes el uno del otro. Cada uno de distinto origen y distinto desarrollo. No teníamos nada en común pero desde el primer momento parecía que nos habíamos criado juntos. Fue en el verano de 1980, éramos dos seres sin rumbo haciendo escala en Houston, Texas buscando fama y fortuna pero sin saber cómo lograrlo.

Ya no éramos tan jóvenes como para soñar, pero éramos eternos soñadores. Artistas de la exageración y el alarde y creo, muy buenos actores. Algo excéntricos, pero repletos de buenas intenciones. No teníamos mucho dinero y compartíamos un solo auto. Pero, como teníamos planes y sueños, no necesitábamos dinero. Con soñar bastaba.  Mi compadre Miguel murió antes de cumplir los 48 años. Y Miguel murió solo. Y murió sin que yo le dijera lo mucho que lo quise. Sé que se lo dije muchas veces y sé que él lo sabía. Pero hubiera querido decírselo una vez más. Miguel no fue un hombre feliz y eso me duele. Tenía todas las razones para ser feliz, pero supongo que este mundo no es para gente como Miguel.

Tenía una familia que lo adoraba; su madre, sus hijos, sus hermanos y una mujer que nunca lo dejó de amar. Y tenía amigos, buenos amigos. Pero siempre se las arregló para alejarlos. Nunca permitió que la felicidad entrara en su vida. Nunca lo comprendí. Muchos fuimos los que intentamos hacerlo feliz. Todos fracasamos.

Miguel y yo compartimos buenos y malos ratos. Reímos muchos, también lloramos. Y peleamos. Peleamos como pelean dos hermanos. Me enfurecía por su forma de ser; por su empeño en ser infeliz. Ahora lloro por él. Y mas lloro por sus hijos. Alex, Raúl y Sandrita, esta última mi ahijada. Y lo voy a extrañar mucho. Extrañaré aquellas mañanas cuando juntos íbamos al trabajo tratando de solucionar todos los problemas del mundo mientras entonábamos una canción de Alberto Cortéz. Y extrañaré las tardes cuando el buscaba algún mensaje oculto en una canción de John Lennon y yo trataba que él simplemente disfrutara la canción y nada más.

Y extrañaré también nuestras profundas discusiones políticas y filosóficas. Miguel fue un gran mexicano. Amó a su patria; su historia, sus tradiciones, su cultura. Fue Miguel quien mas me enseñó sobre México y los mexicanos y esa formidable historia. También fue Miguel quien me enseñó sobre su repugnante historia de corrupción y desigualdad.

Mis días con Miguel fueron una escuela. Para mí fue un tiempo aprovechado. Música, literatura, política. Hasta de futbol aprendí y, por supuesto, Miguel casi que me obligó a ser Americanista. Miguel fue uno de los hombres más finos y talentosos que yo he conocido. Y noble. Y generoso y cariñoso y atento y amable y creativo. Pero también confundido, acomplejado y triste. Los genios suelen ser así.

Yo no pretendo aspirar al talento creativo de Miguel, pero inspirado en él, he aquí algo para mi compadre…

 

La vida nunca cambia; el tiempo nunca pasa,

            son sólo nuevas risas y lágrimas en caras nuevas;

            son sólo los pasos de otros caminantes

            por los mismos senderos que nosotros caminamos antes.

 

            Son sólo nuevas voces

            diciendo las mismas cosas que nosotros dijimos antes.

 

            Y los sueños siguen siendo sueños

            y no ser feliz es aun lo que los soñadores temen.

 

            Ayer reímos y cantamos,

            la vida era un juego sin final.

 

            Y lo haríamos otra vez porque éramos amigos.

            Y cada día era un nuevo sueño

            y no sabíamos que hacer.

 

            Ahora parece que nunca estuvimos aquí;

            son otros los que sueñan nuestros sueños

            y caminan por nuestros caminos.

 

            Hoy tú no estás aquí; mañana no estaré yo

            y cada uno tomará su propio rumbo.

            Por eso brindo por ti,

            en este el primer día de tu ausencia.

 

Adios, compadre.

 

Agosto 1997.

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