Una Obsesión Poco Normal.

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No deja de fascinarme y en cierto modo alimentarme el ego como se me presta tanta atención. Y aunque no me crean, la realidad es que no me agrada tanto. No se lo digan a nadie porque entonces dejan de prestarme esa atención.

Yo he pasado toda mi vida, desde mi adolescencia, en escenarios o laborando en el oficio de la radio, la comunicación pública. Pero eso no me hace figura pública. Y como no soy figura pública, no se debe indagar sobre mi vida privada ni se debe comentar sobre mí como si lo fuera.

Yo soy estadounidense y me aplica a las leyes y a la cultura de Estados Unidos. Aquí en Estados Unidos se le llama figura pública a un político, a un servidor público. Erróneamente se aplica ese término a toda persona celebre: actores, cantantes, líderes industriales y hasta se les impide o limita su capacidad y derecho de defenderse judicialmente en casos de libelo o difamación.

No tengo idea como funciona esto en otros países. No me importa.

Yo no entiendo que impulsa a una persona querer saber cuestiones personales íntimas de otras personas. Jamás entenderé interés. En mi caso, hay algunas personas que viven obsesionadas con hacerme reaccionar a sus comentarios. Que si soy homosexual o he sido infiel o si fumo marihuana o si no soy lo que aparento ser. ¿A quién le puede importar eso?

Hay gente que se ofende por mi amor a Estados Unidos. Hay gente que exige que yo sea y actúe como “hispano.” Y cuando les digo que no soy eso, y que si amo a Estados Unidos porque es mi patria, me acusan de hipócrita, resentido, mentiroso y unas cuantas cosas más.

Afortunadamente son pocos. Pero son rabiosos en esa obsesión por mí. No debería molestarme. Elisabeth Taylor siempre decía que, “hablen, hablen de mi aunque hablen mal y sea mentira.” Pero yo no soy Elisabeth Taylor y no estoy de acuerdo. No me importa que hablen de mí. Pero que no mientan o calumnien. Si les interesa saber algo, que pregunten. Yo soy de fácil acceso. No me escondo. Respondo con la verdad toda pregunta que se me formule.

Pero cuando alguien me llama para decirme que ha leído algo grotesco sobre mí; algo que es una obvia mentira mal intencionada, ya eso es otra cosa. Hay gente que no me conoce bien y cuando leen semejante calumnia, pueden llegar a creer que es verdad. La gente es así.

Yo no voy a reaccionar porque eso es precisamente lo que quieren. Esta gentuza/indiada es resentida, envidiosa y malas personas.

Repito, son pocos pero son rabiosos y constantes. Dicen que odio a los mexicanos, usan mi origen judío para escribir y decir barbaridades. Son cobardes al extremo que no me confrontan directamente. Y luego se quejan porque dicen que no les permito escribir aquí en mi muro. ¿Y por qué he de permitirles escribir aquí?

Ellos odian, sufren de complejos, de almas amargadas. No es normal ni saludable vivir obsesionados con alguien como yo. Yo no tengo ningún poder o autoridad. No puedo ser prepotente como ellos me acusan de ser. No soy servidor público, o dueño de algún negocio, no soy maestro, no tengo absolutamente ninguna influencia. No puedo, ni quiero, imponer criterio. No miento. Entonces, ¿a qué se debe tanto interés? Pues, muy fácil, son enfermos mentales con disturbios emocionales. Sus vidas obviamente están carentes de algo.

Se pasan la vida pensando en mí, atentos a lo que yo diga o escriba. Se burlan de mis presentaciones, de mis viajes a Branson. Me desean mal, quieren que fracase en todo. Eso no es normal. Eso es de enfermos.

A algunos de ellos ofrecí amistad sincera. Compartí con ellos, invertí capital emocional y lo perdí. Pero acepto la pérdida. No tengo problemas con eso. Soy lo suficiente maduro para reconocer que eso, a veces, es inevitable en las relaciones humanas.

Yo jamás he exigido nada de nadie. He ofrecido amistad a pocos. Limito mi círculo social. No impongo nada a nadie. Quiero y espero que me quieran. Respeto pero también exijo que se me respete. No puedo negar que alguien como yo, en cierto modo, necesita la aceptación, apoyo y aplauso de la gente. Pero claramente desde siempre he decidido que prefiero que sean pocos. Haber intentado ser más de lo que he sido o soy me habría obligado a ser lo que nunca quise ser. Soy feliz así, pequeño en fama y popularidad. Es mucho mejor, para mí, poder conservar mi vida privada, privada como debe ser.

Y lo mejor de todo es que así puedo seguir siendo como soy y no verme obligado a ser lo que no soy.

 

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